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Masueco, el pueblo en el que aprendí a ser humilde

Decía Miguel Delibes que «un pueblo sin literatura es un pueblo mudo». Merece la pena reposar sobre esta cita del elocuente, elegante y embriagador escritor que ocupó una de las letras más importantes de la Real Academia Española de la Lengua. Letra sin la que no podríamos, entre otras cosas, ejercer el simple hecho o acción de dudar en voz alta. ¿Qué silla se correspondía con la letra del académico vallisoletano? La respuesta es elemental después de tanto adjetivo. La silla e, ni más ni menos. Pues bien, todo esto viene a que hace apenas unos días, me he embarcado -y ya dejo tanta e, aunque, evidentemente, no me será sencillo- en un nuevo proyecto laboral que tiene como nombre «Campechanos». 



Se trata de un programa semanal de media hora de duración que documenta la vida y cotidianidad de los habitantes de un pueblo concreto de la provincia de Salamanca. Estampas del día a día que valen más que mil palabras, aunque, en este caso, el objetivo es complementar estos monográficos audiovisuales con palabras y que no se las lleve el viento, que nos las traiga de vuelta. Por ello, y siguiendo los consejos de don Miguel, he decidido redactar un pequeño «cuaderno de bitácora» con notas y datos recopilados a lo largo de cada uno de estos viajes por la provincia. Quienes me conocen bien saben que tengo rasgos de «literata romántica» pegada a los libros de papel, a una buena chimenea humeante y al frío desgarrador propio de la provincia, por lo que no me supone esfuerzo, sino que resulta una actividad bastante reconfortante. Hecha esta pequeña aclaración, no queda más remedio que arrancar.

Empezamos El Camino con una primera visita -que espero repetir pronto- al pueblo de Masueco. La villa se encuentra a unos 97 kilómetros de Salamanca. Según el Diccionario geográfico, histórico y estadístico de Pascual Madoz, en 1845 la localidad contaba con 130 casas y 159 vecinos. Hoy en día, el porcentaje ha de ser similar, con muchas construcciones que parece que se mantienen desde aquellos años. Por ejemplo, una vivienda situada a la diestra de la entrada del pueblo de expresión modernista que podría estar sacada de la retorcida y mágica mente de Tim Burton o de los trazos de Dalí. Esta construcción desafía con su porte ajado al tiempo, y a su vez, a la Ermita del Humilladero, que unos metros antes, se yergue al otro lado de la carretera principal. 

Siguiendo con nuestro itinerario nos adentramos en el interior de Masueco. Allí nos esperaba Marceliano Sevilla, su alcalde, un hombre afable y con gesto de generosidad sincera, de esos gestos que ¿saben? cada vez son más difíciles de encontrar hoy en día. Le acompañaba una comitiva de vecinos, casi todos longevos, dispuestos a contar las historias que permanecen en el umbral de la memoria. Realmente sorprendidos nos quedamos con Prudencia, o Florencia, que aún no entendí muy bien cómo se llamaba, pero cuya capacidad para recitar y cuya memoria prodigiosa a sus más de 92 años no olvidaré jamás. Ni sus lecciones de soltería, ni las historias de Masueco que se enorgullecía en relatar, remontándose a la época en la que en España corrían los maravedíes. También conocimos a Leandro, el herrero del pueblo que seguía forjando como hace cincuenta años. De sus manos me llevé como obsequio una herradura de caballo de siete clavos. No la utilizaré para que me proporcione buena suerte, sino para echarle un vistazo cada dos o tres días -decir que lo haré cada día sería comprometerme demasiado- y recordar el esfuerzo y el tesón con el que ha dado ejemplo en sus más de 80 años de vida. Porque resulta, que Francisco, carpintero del pueblo de toda la vida de Dios, me dio la clave de la felicidad y la longevidad en Masueco. El secreto no es otro que trabajar. Trabajar y hacerlo con la ilusión e intensidad del primer día, porque son de aquellos que creen de manera firme que el trabajo dignifica al ser humano y lo engrandece «A fin de cuentas el trabajo es todavía el mejor medio de pasar nuestra vida», sentenció Flaubert.

Eso es lo que he aprendido de los vecinos de Masueco, lo que he querido transmitir en la redacción y edición de este primer programa de Campechanos, aunque no sé si lo habré conseguido. Y eso es lo que quiero que sea este nuevo proyecto, una forma de proporcionar voz a aquellos a los que a veces no escuchamos por haber demasiado ruido alrededor. Muchas veces, tenemos soluciones a nuestros problemas muy sencillas al alcance de la mano. Maneras de vivir, filosofías de vida que no vemos, y que de prestarlas atención, nos ayudarían más a tomar decisiones y a crecer como personas. Había decidido que de cada nuevo rincón traería gran cantidad de notas. Y las tenía, de Masueco, muchas. He leído muchos libros, documentos, he indagado en la red. Pero me he dado cuenta de que proporcionar demasiados datos mecanicistas e intentar ser Félix Rodríguez de la Fuente es imposible, porque cada uno tenemos nuestra impronta. Y en este caso, el santo y seña de este nuevo programa tiene que ser una enseñanza, algo que dignifique al ser humano y que honre a aquellas grandes personas que hemos conocido. Esta vez, en Masueco. Han sido ejemplo de vida por más que un puñado de años, y merecen ser reconocidos como lo que son. Porque es más difícil luchar durante toda una vida, que hacerlo durante solo unos años, ellos tienen más potestad que nadie para hacernos escuchar.

Caminante, no hay camino... Hagamos camino al andar.

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